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Roberto, mi primera novela

Roberto, by Subjuntivo
Descargar Roberto

Hace exactamente un año empezaba a escribir esta novela. Hace exactamente once meses, la terminaba.

Escribí Roberto en el marco del NaNoWriMo, que en pocas palabras es un proyecto en el cual un montón de gente se pone a escribir una novela durante el mes de noviembre, con el objetivo final de llegar a las 50 mil palabras. De ese mes de escribir un promedio de 1666 palabras por día, salió Roberto.

En parte por esto, y en parte por mis propias limitaciones, puede que no sea la mejor novela que hayan leído. Pero también podría ser que sí, ¿eh?, nunca se sabe. Definitivamente no es lo mejor que se ha escrito en este mundo. Ni tampoco lo peor.

Estas condiciones de trabajo son en cierto modo restrictivas, tal vez podría pensarse que con más tiempo se podría haber hecho mejor. La realidad es que con más tiempo, nunca se habría hecho. De no haber sido por la presión, por la urgencia, esto podría nunca haber visto el papel.

Después vino un largo período de que estuviera ahí en una carpeta, sin más. Después vino la idea de publicarla, no se perdía nada. Después vino un período largo de corrección. Primero de tipeo, después de forma y estilo y demás cosas que sólo entiende gente con capacidades superiores como Juan Solo, a quien le debemos todo el crédito de que esto sea legible. El contenido, sin embargo, no se alteró, a excepción de un prólogo un tanto extenso que me pareció después innecesario, y que voló por los aires.

Cuando todo eso terminó, y todo estuvo corregido, tocó hacer la tapa. La hizo Wlasen, y si ella no la hubiera hecho... bueno, no quieran ni pensar lo que podría haber hecho yo. Hizo un número de tapas igual al de palabras del libro. Me quedé con la segunda, como debe ser.

Finalmente, Roberto se publicó en Smashwords. Para decirlo sencillamente, porque era lo más fácil y barato. De hecho, es gratis.

De hecho, Roberto es gratis. Como lo hice siempre con todo lo que escribí, con los temas que grabamos con Los Vengadores, con las presentaciones que hice, etc, es gratis. No sólo porque confío en las cosas gratuitas, y porque —admítolo— me conviene (tanto como a muchos que lo niegan) que le llegue a más gente, sino además porque bajo todo tipo de material todo el tiempo: música, libros, series, películas, fotos... ¿Cómo podría ahora venir a perseguir el vil metal?
  
  
Smashwords ofrece varios formatos, tanto en pdf, como en texto, como versiones que se pueden leer online, como e-books de los formatos más comunes (epub, mobi, y otros). Una gran cosa. Sin embargo, el proceso de conversión es automático (de otro modo tendría que hacer cada formato especialmente, con herramientas dedicadas) y, para serles sincero, no quedan del todo bien. Es decir, no quedan mal, pero no son absolutamente fieles a la versión que me tomé tanto tiempo en diseñar.

Por eso los invito a que, en la medida de lo posible, se bajen este pdf, que sí es lo que yo quería mostrar. Al menos para que lo vean, después lo leen en el formato que les convenga.
  
  
Después de todo esto, les pido que lo lean, y lo compartan y comenten, ya sea para bien o para mal. Pasen el link, comenten en facebook, o en tuiter, recomiéndenselo a sus abuelas, a sus ex-novias, etc. Roberto se lo merece. Y yo también, ¡qué joder!

Finalmente, un párrafo especialmente dedicado a los que desde siempre, de un modo u otro, creyeron en mí y apoyaron lo que hacía. Y también a los que no. A los primeros porque sin ellos esto, que es para mí motivo de gran alegría, no habría sido posible. (Gracias de todos los colores, espero no haberlos defraudado :D ). Y a los segundos porque de eso también se aprende y se sacan fuerzas para seguir..

Muchos de los que están leyendo esto recibirán, en breve, una edición especial, dedicada. Los que crean que no están en esa lista, pero quieren su versión dedicada también, no tienen más que dejar un comentario o ponerme un mail.

Abrazo,
S.
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Ocho años

Decidir la fecha de aniversario es a veces poco más que un proceso arbitrario. Digamos que el primer post de este blog se publicó hace ochos años, y que de allí concluímos que el blog cumple ocho años hoy.

Este fue mi primer blog, incluso antes de pensar que quería tener un blog. Empecé porque sí, publicando textos que había escrito antes, con la sola intención de que quedaran en algún lugar más que mi computadora. O algo así. Les contaría más si pudiera, realmente, pero tengo una pésima memoria.

Como fuere, hay textos de ocho años hasta aquí. Algunos son muy buenos, y otros muy malos; algunos muy lindos, y otros no tanto; algunos muy yo, y otros nada. Todo esto según mi impresión, claro.

Un párrafo especial (este) para los cuatro locos de la azotea que siempre pasaron, leyeron, alentaron, y como dicen en el barrio, hicieron el aguante. Empecé por algunos de ellos, y por ellos sigo también. Gracias.

Aprovecho esta oportunidad en la que no quiero ponerme solenme ni extenderme innecesariamente para invitar a todos, pero especialmente a los nuevos, o a los que —quién sabe, podría pasar— lean este blog ahora por primera vez, a echar un vistazo a cosas viejas, y a mis otros blogs también, por qué no, y para mencionarles, como al pasar, que en breve (unas dos semanas) publicaré mi primera novela, Roberto.

Un abrazo,
S.

Ignorance is bliss


En el pasado solía recordar todo.
Quería ser inteligente, quería que todos supieran que era ingeligente, quería tener la información a la mano.
Tenía una respuesta, no sólo correcta sino también afilada, filosa, ácida, quirúrgica, para cada ocasión que lo requiriese.
Cada dato que llegaba a mí era importante, pensaba que la gente iba a valorar eso, porque valoraba a la gente inteligente.
Pero resultó que a la gente no le gusta la gente inteligente.
Los llaman vivos, piolas, vivillos, listillos, sabelotodos. No les gustan.
No, a la gente no les gustan los que tienen respuestas para todos; les gustan más los que asienten, o callan. Los que no traen problemas, los que se ajustan.
Pasó mucho tiempo, pero finalmente comprendí.
Ahora mi memoria es débil, recuerdo sólo lo necesario, y lo necesario es realmente poco, porque todo puede ser averiguado, eventualmente, o, en la mayoría de los casos, sencillamente olvidado, ignorado.
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Día normal

Si no me hubieran hecho tanto daño, yo los querría a todos, al menos en principio.

No puede ser, lamentablemente.

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Por el sendero venía avanzando el viejecillo…

 

“Puedo decir que asistí a un solo taller literario en mi vi­da y que duró alrededor de cinco minutos. Yo tenía dieciséis o diecisiete años, había escrito un cuento muy largo llama­do "El último poeta" y consideraba que era, naturalmente, extraordinario. Se lo fui a leer, una tarde, a un viejo profesor sin cátedra que vivía en las barrancas de San Pedro, un hom­bre muy extraño. Bosio Arnaes se llamaba. Leía una cantidad de idiomas. Recuerdo que tenía un búho, papagayos, un enorme mapamundi en su mesa. Él mismo se parecía a un búho, pájaro, dicho sea de paso, que fue el de la sabiduría en­tre los griegos. La penúltima vez que lo vi, el viejo estaba casi ciego, pero se había puesto a aprender ruso para leer a Dostoievski en su idioma original. Eso la penúltima vez. La última, estaba leyendo a Dostoievski, en ruso, con una lupa del tamaño de una ensaladera. Era un hombre misterioso y excepcional. En San Pedro se decía que era el verdadero au­tor del libro sobre los isleros que escribió Ernesto L. Castro y del que se hizo la famosa película. La novela original era una novela vastísima de la que, se decía, Castro tomó el te­ma de Los isleros. No importa si esto es cierto; era una de esas historias míticas que ruedan y crecen en los pueblos.


De modo que fui a la casa de la barranca y comencé a leer mi cuento, que empezaba exactamente con estas pala­bras: Por el sendero venía avanzando el viejecillo… y ahí ter­minó todo.


Bosio Arnaes me interrumpió y me preguntó: ¿Por qué "sendero" y no “camino”?, ¿por qué “avanzando” y no caminando"?, en el caso de que dejáramos la palabra sendero, ¿por qué "el" viejecillo y no "un" viejecillo?, ya que aún no conocíamos al personaje; ¿por qué "viejecillo" y no "viejecito", "viejito", "anciano" o simplemente "viejo"? Y sobre todo: ¿por qué no había escrito sencillamente que el viejecillo venía avanzando por el sendero, que es el orden lógico de la frase? Yo tenía diecisiete años, una altanería acorde con mi edad y ni la más mínima respuesta para ninguna de esas pre­guntas.
Lo único que atiné a decir, fue: "Bueno, señor, por­que ése es mi estilo".
Bosio Arnaes, mirándome como un lechuzón, me respondió:
-Antes de tener estilo, hay que aprender a escribir.”

 

 

Ser Escritor, Abelardo Castillo

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Escribir

Primero no hay nada. Después, en un segundo, como dice Paul Auster, la historia está ahí, adentro de uno, y no hay nada que hacer. Papel, lápiz, máquina, teclado, grabador, o lo que sea, y se empieza.
Y de ahí en más, la obsesión y el trabajo duro. Y en lo posible, no descansar hasta terminar (siempre dependiendo de la longitud esperada de la obra, claro). Las ideas vienen en mareas, vienen palabras, imágenes, nombres, lugares, referencias a otras obras, olores, colores, sensaciones.
Después, encerrarse y producir. Vienen los cigarrillos, la música, el alcohol, la nada. Ordenar el escritorio, poner todo en orden, buscar la situación perfecta, que puede ser cualquiera, y mirar la hoja en blanco.
Mirar la hoja en blanco, y pensar cómo empezar.
Y ahí se pueden ir horas.
Y en esas horas pasan cosas, y uno siente que no pasa nada, pero pasan miles de cosas. Y es mirar la hoja en blanco, y pensar, y nada más; y uno siente que, si no hace nada, si el cuerpo no hace nada, entonces no está pasando nada. Y está pasando todo.
Y finalmente, empezar. La primera frase. Y entonces ya está, uno ya está perdido: lo que era idea, es ahora historia. La idea se arma sola, y uno nada más la mira, la toma, y le cambia algunas partecitas. En el confín de la casa o la pieza habla solo, camina, fabula, hace caras, piensa, imagina, bosqueja, y con suerte, escribe.
Y de nuevo, dependiendo de la longitud de la obra, pasan horas, o días, o meses.
Y un día está terminada, o algo así.

T después pueden pasar muchas cosas, y eventualmente alguien la lee. O no. Y a alguien le parece genial, y a algunos otros, no. Y a a lagunos les significa todo, y a otros, obvio, la nada misma.

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"Anyway, I keep picturing all these little kids playing some game in this big field of rye and all. Thousands of little kids, and nobody's around — nobody big, I mean — except me. And I'm standing on the edge of some crazy cliff. What I have to do, I have to catch everybody if they start to go over the cliff — I mean if they're running and they don't look where they're going I have to come out from somewhere and catch them. That's all I'd do all day. I'd just be the catcher in the rye, and all. I know it's crazy, but that's the only thing I'd really like to be. I know it's crazy."
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Ayer pasó algo feo

Ayer pasó algo feo.

Ayer pasó algo normal.

Ayer murió una persona.

Ayer pasó eso que siempre pasa, pero a veces no pasa así nomás, aunque en general, pasa.

Ayer murió una amiga.

 

Hubo un accidente, o algo. Pocos saben, y los que saben no dicen. No dicen porque no quieren hablar. Y es respetable. Y está bien. O no. O no importa. Alguien murió, y es la tonta estrucutra, la incapacidad humana, que quiere saber, tener detalles. Pero no importa, en realidad. Dicen que todo tiene solución, menos la muerte. Así que no importa saber tanto.

Ayer murió una amiga.

 

 

Uno.

Recibí un mail que decía "POR FAVOR LEER, UNA NOTICIA HORRIBLE". Pensé que era una cadena, pero igual lo abrí. No, no era una cadena. Me acabo de enterar que falleció R., la mujer de C. Fue un accidente pero no se sabe de qué tipo. C. pidió que no lo llame nadie, así que habrá que esperar.

Eso decía. Decía "falleció", que siempre suena mejor que murió, y decía "esperar", que nunca suena bien.

Todavía no hay noticias del asunto, pero no importan, ya dije.

Estás boludeando, haciendo tonterías, pensando en cosas menores que sentís importantes, comés algo, jodés con la compu, y te llega un mail, y cambia todo. Zas. Así. Cambia todo.

 

 

Dos.

No estoy mal. Estoy consternado, pero no estoy mal.

Eso dije, al ratito. Y eso puedo decir ahora. Creo.

Tal vez alguien podría dudar, pensar que son mecanismos de defensa, que son cosas que hace la mente para poder, para seguir, para entender cuando no se peude entender. Yo puedo estar de acuerdo con todo; podría incluso decir eso, o más, si fuera sobre otro. Pero no me siento mal, no. Hoy fui a trabajar, me lavé los dientes, corrí el colectivo y me preocupé por no haber estudiado como debía, lo mismo que cualquier otro día.

La muerte, en general, no me pone mal.

La propia, lo dije, no me preocupa mucho. Me preocupa el dolor, sea físico o del otro, aunque más el físico, pero a la muerte no le tengo miedo, no particularmente, no así. Tengo un algo de miedo a que me agarre de la nada, sí, pero a la vez no.

No, porque hace mucho que vivo lo más Carpe diem que puedo. No del todo, no, claro; no como me gustaría, tal vez (aunque estoy contento con cómo vivo lo que me toca vivir). Y me ha tocado vivir en vida cosas que no me han gustado nada, y que seguramente no me toque vivir después de muerto. Y creo, tontamente tal vez, que todos viven un poco así, que todos viven la vida que quieren o pueden, pero que la muerte, de todo lo que puede pasarte en esta vida, es de lo menos terrible.

Si tuviera que sentirme mal por algo, sería por pensar, o sencillamente sentir una empatía horrenda, la de siempre, por los que quedan, por los que enfrentan en vida situaciones de mierda, como esas que sobrevienen a las muertes.

 

Mi vieja siempre decía que había que hacer lo que uno quería, lo que uno sentía, que nada duraba nada, que nada valía mucho, tal vez sólo un momento, que no teníamos nada realmente, esas cosas. Supongo que todavía las dice, aunque yo ya no las escuche. Y así, con esa filosofía, se mandó miles.

Yo, que seguro también me mando miles, no pude menos que, aunque tampoco quise menos que, abrazar la teoría. Pero no porque quise sesuda y conscientemente, sino porque, a través de esa lente, vi y analicé muchas cosas de mi vida y la de otros, que a la larga son la mía tmabién, y comprendí que tenía razón, y que para mí, esa era la única manera de vivir esta vida.

Y entonces cuando alguien muere, yo pienso que el muerto no siente dolor. Y siento que, entonces, la muerte no es tan terrible. Para el que muere. Y pienso que yo y todos podemos morirnos ya mismo, y que entonces no va a importar nada, y no es tan terrible.

Lo que sí es terrible es pensar, en vida, que de morirnos ya mismo, nos habrían quedado tantas cosas por decir y hacer. Eso es triste. Entonces, creo que tengo razón con mi Carpe diem barato, y lo reinvindico, y lo abrazo, y somos amigos, y vamos juntos de la mano, a como dé lugar.

 

Y sin embargo, en algún lado, uno siente que debería sentirse un poco mal. Llorar, putear, pegarle a una pared. Si no es por el muerto, al menos por el miedo que nos genera pensar que podemos morirnos, o ver a alguien morir. Pero como yo trato de vivir para quedar hecho si me muero ya mismo, eso no me jode tanto, Pero ver morir a otro...

 

 

Tres.

Yo tengo la misma edad que C. Y que R., para el caso. Munca me casé, ni sé si lo haré, ni pienso en hacerlo, ni quiero hacerlo. Pero alguna vez estuve cerca, a mi manera.

Y ahora que se murió R. (hay que repetirlo, para que quede claro, para limpiar, para que la negación se amilane y se raje como rata por tirante), yo pienso en C. Y yo, que no me casé, pero alguna vez estuve cerca, alguna vez pensé también en esto.

Cuando uno quiere mucho, que se llama amor, se empieza a preocupar mucho por la persona amada, y empieza a tener pensamientos egoístas, y piensa qué sería de uno si la persona amada muriera. Y yo tuve momentos de pensar mucho, muy recurrentemente, que la persona que amaba se podía morir.

No había motivos, más que la vida misma, pero yo a veces me encontraba en el subte, o en el baño, o comprando papas, y pensando que tal vez llegaba a mi casa, o sonaba el teléfono, y esa persona se había muerto. Algunos lo llamarán pesimismo, otros realismo, otros alguna otra cosa; a mí me da igual, pero yo pensaba bastante en eso, y después, tonta y silenciosamente, llegaba a casa y me sentía bien, porque estaba ahí.

Uno de esos días que son sólo días sonó el teléfono. Y un pequeño incidente que no pasó a mayores, y yo dije viste, viste que cualquier cosa puede pasar cualquier día, y esas cosas. Estas cosas. Pero no pasó nada. Pero yo pensé mil cosas.

Y todas esas veces que pensé cosas, no pude evitar pensar qué haría si. Y nunca se sabe. Y uno piensa cosas, imagina lo inimaginable, porque nadie puede imaginar lo que no conoce, realmente. Pero en general llegaba a la conclusión de que habría ido a acompañarla inmediatamente. No por un espíritu suicida, no por todas esas cosas que, en fin; simplemente porque no habría sabido qué hacer, porque no habría encontrado en la vida motivos para seguir, porque habría querido estar con ella, como fuere, porque esta vida era con ella, y si no, no.

Y algunos seguro pensarán que bueno, que son impulsos, que todos nos sentimos así, pero que la vida sigue, que hay que seguir, que es normal pero, que etc. No sé, tal vez tengan razón, a mí no me improtaba ni me importa. Yo siempre concluía que le hubiera seguido los pasos sin mediar.

Y ahora que R. se murió, y ya no siente nada, y no sufre más, yo pienso en C. Y me da mucha tristeza. Y pienso si él pensará o sentirá como yo. Pero pienso también que R. y C. tienen (¿tenían? ¿cómo se conjuga este verbo?) un hijo. Ahí no tengo dudas de que C. no piensa o siente como yo. Aunque tal vez me equivoque, pienso que no.

 

 

Cuatro.

"que feo es ver que la vida sigue cuando vos la estas pasando re mal, no? uno esperaria que todo se paralice pero no"

Me dijeron eso, ayer. Cuánta verdad.

Sentimos que se para todo cuando algo nos pasa, pero no se para nada, salvo, de alguna manera, nosotros. El derredor, el resto, la gente, la vida, los autos y los perros, no paran. Nada para, todo sigue. Y es horrible.

Queremos que todo y todos paren, y sufran con nosotros, y nos les importe nada más que nuestro dolor, que es nuestro y tremendo y horrible. Pero no se puede, no, todo sigue. Y es la miseria total, horrenda, pero es así, y no para nada, y seguimos, y siguen, y hay que seguir, y todo sigue, y miramos alrededor y no ha cambiado nada, realmente, sólo nosotros, que nos sentimos tan fuera de todo de golpe, porque algo cambió en nosotros, y para los demás, todo es igual.

Cambian momentos personales, cambian personas, cambian cositas, pero todo es lo mismo, y sigue, y debe estar bien, pero es horrible, y no se puede hacer nada, pero ayer pasó algo feo, que cambia muchas cosas, pero igual, todo sigue.

Todo sigue.

 

Ayer pasó algo feo.

Ayer pasó algo normal.

Ayer murió una persona.

Ayer murió una amiga.

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Todos tenemos una espina clavada en algún lugar. Como un nervio que se acomoda, y de a ratos no, y hace doler, todos tenemos un punto, un algo.

Los más (¿menos?) afortunados lo tienen donde no molesta, a no ser de vez en cuándo; y una simple medicación casera, un movimiento, un pensamiento, un brewve descanso, puede aliviarlo, y volverlo a su lugar. Otros, en otros lugares alojan esas mismas espinas, y duele más a menudo, a algunos más, a otros menos.

Y a veces los primeros se sienten superiores, o más afortunados que los segundos. Y de a ratos no. Y a veces los segundos, más miserables que los primeros. Pero después de todo, cuando todos se permiten pensarlo un poco, y esto pasa poco, estamos todos tan en la misma que es para llorar. Nada más que algunos pueden llorar, y otros no.

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El dolor

No le tengo miedo a la muerte. Le tengo miedo al dolor.
Pero al dolor lo conozco. Lo conozco bien. Lo miré a la cara, y él a la mía. Y en el fondo, si acaso somos enemigos, nos respetamos mutuamente.
Sin embargo, el dolor físico me es ajeno. No lo conozco. Lo conozco poco. Y no quiero conocerlo. Y le tengo miedo. Y no quiero conocerlo.
Vivo porque no sé cuándo voy a morir.
El día que sepa, o que otros sepan, aunque yo no pueda darme cuenta, cuándo voy a morir, le pido a quien sea, que simplemente me ahorre la espera.
No le tengo miedo a la muerte, le tengo miedo al dolor.

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Las palabras

Hoy quise escribirles algp, pero pronto me dí cuenta de que lo que yo iba a escribir, ya había sido escrito.

Se escribiió en francés, a manos de algún Jean-Paul, y se editó en 1964, bajo el nombre de Les mots.

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Causa y sinrazón de los celos

 

Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones.


Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual.


Puede establecerse esta regla:
Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es.


La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer, igual que en un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre en el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.


Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina. (Conste que digo "de que puede componerse", no de que se compone.)


Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas.


Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.


Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido".


A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan para mejor tranquilidad de ambos.


Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina".


Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento. Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un_ bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.


Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas:


-Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas...


Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos...
Pero este es tema para otra oportunidad.

Roberto Arlt,

Aguafuertes porteñas

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Cero dos, diez, cero ocho

A veces simplemente siento
que quiero la vida
que sé que no quiero.

Tener una ferretería, o
una librería comercial;
estar ahí todo el día,
y que eso sea todo el día,
y el día sea todo eso,
y mirar la tele, escuchar la radio,
leer el diario, tomar mate,
hablar con los clientes, con los
tacheros del bar de la esquina,
con el mozo; comer algo
en una rotisería,
ir a dar una vuelta y dejar
al empleado por un rato,
salir a mirar a las chicas,
decir piropos absurdos,
fumar un pucho,
estar al pedo.
No tener apuro,
no estar siempre al borde,
no deber siempre algo,
no tener siempre alguien que
me pida que haga algo.

Salir el domingo,
ir a la plaza a
tomar mate con bizcochos
y no pensar en la panza,
ni el estudio
ni el trabajo.
Llegar a casa y mirar videos,
salir con amigos,
tomar una cerveza,
tocar la guitarra,
leer un libro,
sentarme en un sillón,
escuchar música sin apuro,
cerrar los ojos,
ver algo nuevo,
prender un sahumerio,
salir al balcón,
mirar a la gente,
espiar al vecino,
cantar en voz alta.