There was a door

                                         There was a door
And I could not open it. I could not touch the handle.
Why could I not walk out of my prison?
What is hell? Hell is oneself,
Hell is alone, the other figures in it
Merely projections. There is nothing to escape from
And nothing to escape to. One is always alone.


The cocktail party
T.S.Eliot

De las biromes

¿Alguien tuvo alguna vez una birome de principio a fin?

Y no me refiero a las recargables, o a esa favorita que tenés siempre ahí, o a esa que te regaló un amor; no, me refiero a la birome, a la común, a la genérica, a la clásica, típica, porteña, esa con o sin propaganda, pero birome. Nada de eufemismos ni confusiones: birome.

Porque hay algo con las biromes, es casi místico. Si mirás ahora en tu cartuchera o el bolsillo de la mochila, o en el escritorio o junto a un cuaderno, cerca del teléfono, probablemente encuentres una birome. Y probablemente no la hayas comprado. O te la regalaron, o la encontraste, o la tomaste prestada, o te olvidaste de devolverla, o lo que es mucho más común, simplemente estaba ahí, y no sabés de dónde vino. Pero seguro que no la compraste.

Si pensás en lo que duran, son baratas, pero sin embargo, cuando las vas a comprar -porque esto muy de vez en cuando debe suceder- te sorprendés al descubrir el precio. Pero después pensás que por lo que duran, son baratas. Pero nunca llegás a terminarlas.

Porque las biromes son así: aparecen de cualquier lado, y desaparecen antes de que puedas terminarlas. A estas alturas me parece casi una falta de respeto y consideración hacia la birome ir a comprarla. La birome aparece, y listo; y cuando menos te lo esperes ¡zas! No está por ningún lado.

Ha habido casos, esto es cierto y debo mencionarlo, en que he visto gentes -a mi nunca me ha pasado- teniendo que interrumpir el escrito porque la birome, de golpe y finalmente, se quedó sin tinta. Yo en lo personal creo que se trata de biromes de muy baja autoestima o conciencia social, o algo así. Se dejaron morir, se rindieron, se entregaron.

Si hubiera un código de las biromes (y seguro que lo hay) uno de los puntos debería decir que la birome no se acaba nunca en la mano del escriba; y mucho menos, entre palabras!

La casa de Arenas

Lo que más recuerdo de la casa de Arenas, y lo que más me gustaba, eran los invitados. La casa era grande, bastante grande, y esto sin dudas me resultaba muy atractivo también (nosotros vivíamos en un departamento bien pequeño), pero casas grandes se podían encontrar. Era más difícil encontrar casas como la de Arenas, donde siempre había gente nueva, donde siempre podías conocer a alguien, donde nunca se entendía bien quién era quién.

Durante la semana, el efecto parecía ser más bien una prolongación de la actividad de los miembros de la familia. Yo iba cada vez que podía, como hacíamos todos (era un secreto a voces que a todos nos gustaba la casa de Arenas). La excusa en general era algo que hubiera que hacer para la escuela, algún trabajo práctico o algo que hubiera que estudiar. Jugar a la compu (Arenas era uno de los pocos que podía tener una buena compu) era otra excusa.

Pero lo más espectacular se daba los fines de semana, sobre todo los sábados. La casa de Arenas parecía el salón familiar de un restaurante de la avenida Corrientes. En distintas habitaciones, distintos grupos de gente, reunidos con motivos que nadie sabía, haciendo no sé bien qué, más allá de comer, hablar, reírse, beber. Un sector estaba ocupado por las amigas de la madre (viejas, según nuestro visión adolescente) que chusmeaban inocentemente y se reían con culpa. Por otro lado, los amigos del padre; tipos grandes, serios, que según lo que nosotros podíamos imaginar, hablaban de negocios y cosas importantes (aunque probablemente hicieran todo lo opuesto). También solían estar los amigos del hermano de Arenas, que iba a la facultad, y teníamos amigos más grandes. Todos, por supuesto, mirábamos con admiración y recelo a estos estudiantes de facultad que estaban en un nivel que, si bien estaba cerca, todavía parecía lejano. Nos moríamos de ganas de ser como ellos, y sabíamos que iba a llegar, pero no podíamos esperar. Algunos usaban camisas, y otros tenían barbas, signos de gente grande y canchera.

Pero el grupo más importante, sin ninguna duda, era el de la hermana de Arenas. Jimena era casi un personaje de una novela. Era simpática, y se portaba bien con nosotros, a pesar de todo, pero era fea. No llegaba a ser fea como para provocar rechazo, sino que su fealdad era disonante con su aspecto. Jimena era flaca, rubia, de pelo lacio largo, con las partes bien proporcionadas, y una nariz enorme. Iba a un colegio histórico de Barrio Norte (este era el dato clave para todos nosotros) y tenía amigas que partían la tierra. Nosotros, con tres años menos, no podíamos intentar sentir que podían (y debían) ser nuestras, a la vez que, sin decirlo, sabíamos que no podían ser nunca nuestras. Nosotros éramos más chicos, y no podíamos aspirar nunca a ellas. Además, ellas eran bien, y nosotros no. Ellas eran chicas, lindas, y nosotros parecíamos chacales al acecho.

De todos los grupos que podían encontrarse en la casa de Arenas un sábado normal, este era el mejor, el que nos interesaba, el que nos hacía latir el corazón más rápido que de costumbre. Hacíamos lo posible por quedarnos cerca de ellas y ver si podíamos sentir un perfume, o ver una sonrisa, o cruzar una mirada, o robar una sonrisa, o si se alineaban los astros, cruzar alguna palabra en un pasillo, o cerca de una mesa. Por supuesto, esto casi nunca sucedía.

Sin embargo, un día, no sé si por designio divino o simplemente de algún mayor que comprendió algunas cosas, ambos grupos fueron sutilmente invitados a interactuar. Era un cumpleaños, si mal no recuerdo, y la gente estaba bailando. Aunque lo lamento profundamente, no puedo recordar los detalles (seguramente porque en ese momento, mientras la cosa sucedía, yo estaba muy preocupado negándome y ocultando mi vergüenza) pero lo cierto es que de buenas a primeras todos estuvimos casi obligados a bailar. Y todos significa nosotros con las amigas de Jimena, y viceversa.

A mí me tocó bailar con una chica no muy alta, de pelo castaño, que yo, lo reconozco, consideré no todo lo flaca que me hubiera gustado (sin que esto, por supuesto, representara ningún problema mayor). Tenía un perfume más intenso que agradable, que evidenciaba que era de verdad, no como el mío que, carísimo para mí, era una versión barata de algún otro. La misma vergüenza e incomodidad que sentí yo la sintió ella, era obvio. Bailamos como idiotas por un rato, casi sin hablar, pensando que en estas ocasiones seguro había que hacer algo, pero no sabíamos bien qué. Y no lo hicimos.

Y nadie lo hizo. Y después, cuando recordábamos esa noche, siempre llegaba un momento en el que se hacía un segundo de silencio, tal vez sólo perceptible por nosotros, en el que todos rememorábamos la escena una vez, nos arrepentíamos de ser tan sonsos, y le preguntábamos a la providencia qué había fallado. Las reuniones que se sucedieron, por supuesto, encontraron a ambos grupos sospechosamente más alejados, y las miradas se esquivaban más de lo que se buscaban. Nosotros seguimos yendo a la casa de Arenas, pero no era igual. Seguía habiendo mucha gente, pero no era igual.

Ese año Jimena terminó la secundaria, y se fue de viaje. Llegó el verano, y cada uno hizo su vida por separado. Al año siguiente volvimos a la escuela y a la casa de Arenas, pero ya todo había cambiado.

Aburren

Porque no ven más allá de las palabras.
Porque son literales, pero no literarios.
Porque se quedan en lo obvio.
Porque no tienen sentido del humor.
Porque son tibios, livianos, y superficiales.
Porque entienden sólo lo que quieren, como quieren.
Porque argumentan mal.
Porque toman todo personal.
Porque se creen sabios en su ignorancia.
Porque necesitan todo el material procesado.
Porque hay que explicarles todo.
Porque igualan a todo y a todos a sus razonamientos simples y a sus limitados conocimientos.
Porque son fáciles.
Porque no tienen nada nuevo para ofrecer.
Porque no tienen imaginación.
Porque son sosos, sin sabor, sin color, sin matices, sin opciones, sin variantes, sin rupturas, sin preguntas, sin dilemas, sin contradicciones que sirvan para algo interesante.
Porque viven la vida de otros.
Porque no se ven.
Porque son como el papel, sólo anverso y reverso.
Porque son simples.

Bona fide

Estoy sentado en un Bonafide junto a la ventana. A mi derecha, el largo del local, y bien pegado a mí, tres veintiañieras que hablan pavadas (demasiado fuerte y demasiado cerca para mi gusto). A mi izquierda, un cerco de madera, una canastita con chocolates, el vidrio, y más allá la calle, el sol, los autos, la gente.
Intento perder mis pensamientos en algún lado, y me cuesta. Una de tantas figuras pasa por la ventana del mundo. Sólo que ésta no sigue, como todas las demás, sino que se queda. Lo sé aunque no lo vea, porque percibo una silueta. No quiero mirar: que mire lo que quiera en la vidriera, y se vaya. Y trato de seguir en lo mío. Y no puedo. Y no se va.
Y ya me empiezo a poner nervioso. Y entonces miro, ¿qué más puedo hacer?
La cara de la señora me angustia de golpe, de prepo. Con la cabeza colgando mira hacia abajo, hacia los chocolates. No tiene ninguna expresión en particular, sólo la de aquel que piensa, del que siente sin querer. Y yo me empecino en estar seguro que esa señora quería comprar chocolates, porque hace mucho que no come dulces, o porque piensa en sus nietos, o sólo porque se tentó, o recordó aquellos años de chocolates y risas. Y sin embargo, no puede, porque no da el presupuesto. El bolsillo dice que no, ¿qué podés hacer? Y mientras barrunta y piensa qué gasto podría evitar para poder afrontar los chocolates, aprieta fuerte el monedero, y la espalda se le encorva un poco más.
Y entonces, con aire cansino, se aleja.
Y yo ya no quiero mi café.

Hay un pájaro azul

Algunos pensarán que me dedico a mantener mi blog a fuerza de puro birlar escritos de otros.
Puede ser. Puede que siempre haya sido así.
En estos días me dedico más a leer que a escribir, puede ser eso también.

(y si no lo entienden porque está en inglés... jódanse, qué sé yo...)


there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too tough for him,
I say, stay in there, I'm not going
to let anybody see
you.
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I pur whiskey on him and inhale
cigarette smoke
and the whores and the bartenders
and the grocery clerks
never know that
he's
in there.

there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too tough for him,
I say,
stay down, do you want to mess
me up?
you want to screw up the
works?
you want to blow my book sales in
Europe?
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too clever, I only let him out
at night sometimes
when everybody's asleep.
I say, I know that you're there,
so don't be
sad.
then I put him back,
but he's singing a little
in there, I haven't quite let him
die
and we sleep together like
that
with our
secret pact
and it's nice enough to
make a man
weep, but I don't
weep, do
you?


Charles Bukowski

Erdosain, el imbécil

—Vean... mi vida ha sido horriblemente ofendida... horriblemente magullada.
Calló, deteniéndose en un ángulo de la pieza. En su rostro se mantenía la sonrisa extraña del hombre que está viviendo un sueño peligroso. Elsa, repentinamente irritada, mordía la punta de su pañuelo. El capitán, de pie, junto a la valija, aguardaba.
De pronto Erdosain sacó el revolver del bolsillo y lo arrojó a un rincón. La “Browning” desconchó el revoque del muro, golpeando pesadamente en el suelo.
—¡Para lo que sirve este trasto!— murmuró. Luego, con una mano en el bolsillo del saco y la sien apoyada en el muro, habló despacio-: Sí, mi vida ha sido horriblemente ofendida... humillada. Créalo, capitán. No se impaciente. Le voy a contar algo. Quien comenzó este feroz trabajo de humillación fue mi padre. Cuando yo tenía diez años y había cometido alguna falta, me decía: “Mañana te pegaré”. Siempre era así, mañana...¿Se da cuenta?, mañana...Y esa dormía, pero dormía mal, con un sueño de perro, despertándome a media noche para mirar asustado los vidrios de la ventana y ver si ya era de día, mas cuando la luna cortaba el barrote del ventanillo, cerraba los ojos, diciéndome: falta mucho tiempo. Más tarde me despertaba otra vez, al sentir el canto de los gallos. La luna ya no estaba allí, pero una claridad azulada entraba por los cristales, entonces yo me tapaba la cabeza con las sábanas para no mirarla, aunque sabía que estaba allí... aunque sabía que no había fuerza humana que pudiera echarla a esa claridad. Y cuando al fin me había dormido por mucho tiempo, una mano me sacudía la cabeza, en la almohada. Era él que me decía con vos áspera: “Vamos... es hora”. Y mientras yo me vestía lentamente, sentía que ese hombre en el patio movía la silla. “Vamos” me gritaba otra vez, y yo, hipnotizado, iba en línea recta hacia él: quería hablar, pero eso era imposible ante su espantosa mirada. Caía su mano sobre mi hombro, obligándome a arrodillarme, yo apoyaba el pecho en el asiento de la silla, tomaba mi cabeza entre sus rodillas, y, de pronto, crueles latigazos me cruzaban las nalgas. Cuando me soltaba, corría llorando a mi cuarto. Una vergüenza enorme me hundía el alma en las tinieblas. Porque las tinieblas existen aunque usted no lo crea.
Elsa miraba sobresaltada a su esposo. El capitán, de pie, cruzados los brazos, escuchaba aburrido. Erdosain sonreía con vaguedad. Continuó:
—Yo sabía que a la mayoría de los chicos no les pegaban, y en la escuela, cuando les oía hablar de sus casas, me paralizaba una angustia tan atroz, que si estábamos en clase, y el maestro me llamaba, yo lo miraba atontado, sin darme cuenta del sentido de sus preguntas, hasta que un día me gritó: “¿Pero usted, Erdosain, es un imbécil que no me oye?”. Toda la clase se echó a reír, y desde ese día me llamaron Erdosain “el imbécil”. Y yo, más triste, sintiéndome más ofendido que nunca, callaba por temor a los latigazos de mi padre, sonriendo a los que me insultaban... pero tímidamente. ¿Se da cuenta, capitán? Lo insultan a usted... y usted todavía sonríe tímidamente, como si le hicieran un favor al injuriarlo.
El intruso frunció el ceño.
—Más tarde –permítame capitán- más tarde me llamaron muchas veces el “imbécil”. Entonces súbitamente el alma se me encogía a través de los nervios, y esa sensación de que el alma se escondía avergonzada dentro de mi misma carne, me aniquilaba todo coraje, sintiendo que me hundía cada vez más y mirando a los ojos al que me injuriaba, en vez de tumbarlo de una cachetada, me decía ¿Se dará cuenta este hombre hasta que punto me humilla?. Luego me iba; comprendía que los otros no hacían más que terminar lo que había comenzado mi padre.
—Y ahora –repuso el capitán- ¿yo también lo hundo?
—No, hombre, usted no. Naturalmente, he sufrido tanto, que ahora el corajeestá en mí encogido, escondido. Yo soy mi espectador y me pregunto ¿Cuándo saltará mi coraje? Y ése es el acontecimiento que espero. Algún día algo monstruosamente estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre. Entonces, si usted vive, iré a buscarle y le escupiré en la cara.

La miseria

,... pero es así... los hombres están tan tristes que tienen necesidad de ser humillados por alguien.
—Yo no veo tal cosa.
—Claro, usted con su sueldo. ¿Qué sueldo gana usted? ¿Quinientos?
—Más o menos.
—Claro, con ese sueldo es lógico...
—¿Qué es lógico?
—Que no sienta su servidumbre.
El capitán detuvo una mirada severa en Erdosain.
—Germán, no le haga caso –interrumpió Elsal. Remo está siempre con esa historia de la angustia.
—¿Es cierto?
—Sí... ella, en cambio, cree en la felicidad, en el sentido de "eterna felicidad" que estaría en su vida si pudiera pasar los días entre fiestas...
—Detesto la miseria.
—Claro, porque vos no creés en la miseria... la horrible miseria está en nosotros, es la miseria de aden... del alma que nos cala los huesos como la sífilis. Callaron. El capitán, ostensiblemente aburrido,
naba sus uñas, cuidadosamente lustradas.


Los siete locos, Roberto Arlt

Presagio

Haría unos cinco o seis días que, a raíz de un evento fortuito, que terminaría sin más, yo estaba preocupado. Primero estuve preocupado simplemente, después estuve paranoico; tuve miedo, y estuve bastante nervioso. El asunto, como dije, se resolvió, hace ya cuatro días. Sin embargo, yo seguía inquieto.
La sensación era de ansiedad, de algo por venir, de algo que estaba por pasar. De algo que estaba por pasarle, más precisamente. Impropio de mí, controlaba entradas y salidas, preguntaba por horarios, bosquejaba itinerarios. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que debía prestar especial atención, porque algo estaba por pasar. Más de una noche la pasé en vela, hasta quien sabe qué hora, pensando quien sabe en qué. Sin duda, encontré opciones alternativas a las que achacarles todas las responsabilidades.

Estaba en casa ayer, a punto de tomar el primer sorbo de mi café, cuando sonó el teléfono. La habían atropellado en la calle, estaban esperando la ambulancia. A eso siguió el susto, las corridas, los controles de rutina, el alta, la vuelta, las risas. Todo en cuestión de horas nada más.

Recién hoy, temprano en la mañana, mientras me abrochaba la camisa, sentí todo el peso que me había sacado de encima.

El candelabro de plata

Nunca he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un sujeto primitivo, puro, incapaz de adaptarme al florido mundo, donde, para tranquilidad de la hermosa gente, se cultivan con sensatez todas las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo. Pero al menos hoy he comprendido algo; lo he com¬prendido después de lo que pasó esta noche: soy un hombre bueno. No lo digo, no escribo esto, para justificar nada. De ocurrirme se¬mejante cosa debería admitir que yo mismo repudio lo que he he¬cho, y no es cierto, y aunque fuera cierto: acabo de hacer feliz a un miserable. Quién podría juzgarme, quién sobre la Tierra (quién en el cielo) se atrevería a juzgarme.
Mejor vayamos por partes. Todavía estoy borracho perdido pero trataré de ser coherente.
Todo empezó esta misma tarde; es decir, la tarde de ayer, puesto que ahora deben de ser las tres o las cuatro de la mañana. Madrugada del 25 de diciembre de 1956. Navidad. Sobre la mesa todavía quedan restos de la insólita fiesta. El candelabro de plata, más anacrónico que nunca en medio de la suciedad y la pobreza que lo rodean, parece ocuparlo todo ahora. Nunca he comprendido por qué este candelabro no ha ido a parar, como las otras pocas cosas heredadas de mi padre, al Banco de Empeño, o al cambalache. En esto, pienso, se parece a la conciencia. Supongo que nunca voy a poder desprenderme de él.
Digo que empezó a la tarde. Había ido a dar sabe Dios cómo a cualquier sórdido callejón del Dock, cuando, al oír un acordeón y las risas de un cafetín del muelle, reparé en la fecha. Entonces me vi en el viejo parque de nuestra casa. No sé explicar¬lo. Las luces, las esferas de colores: recordé todo eso, recordé el portalito que yo mismo, mezclando hasta el absurdo ríos azules y arpilleras nevadas, construía todos los años en mitad del jardín (me acuerdo ahora del Dios-Niño, siempre espantosamente gran¬de en relación a su divina madre, como justificando al fin lo mi¬lagroso del alumbramiento), y sentí un asco tan profundo por mi vida que –como quien se lava– decidí celebrar mi propia Nochebuena.
La idea parecerá trivial, pero a mí me apasionó y, antes de las diez, también había fiesta en este innoble agujero que ahora es mi casa. Con orgullo pueril, me senté a contemplar el espectáculo. El candelabro labrado, en el centro de la mesa, parecía irradiar su antigua serenidad hacia todos los rincones. Al principio me sentí bien; era una sensación extraña, como de paz –un gran sosiego–, pero, poco a poco, empecé a preocuparme. Qué significaba todo esto. Para qué lo había hecho: para quién. Podría jurar que en ese preciso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos años, necesité imperiosamente de alguien. Una mujer. No. Rechacé la idea con repulsión. Hubo una sola capaz de ser insustituible (capaz de no ser insoportable) y ésa no vendría ya. Nunca vendría.
Entonces recordé al viejo checoslovaco.
Lo había visto muchas veces en uno de esos torvos cafés del puerto que suelo frecuentar cuando, embrutecido de ginebra, quie¬ro divertirme con la degradación de los demás, y con la mía. Pobre viejo: semioculto en un recoveco, siempre igual, como si formara parte de la imagen infame de la cantina, fumando su pipa, miran¬do fijamente un vaso de bebida turbia. Nunca habíamos hablado. Jamás lo hago con nadie –llego y me emborracho solo, a veces también escribo alguna cosa absurda que después arrojo al primer tacho de basuras que encuentro a mi paso–; pero yo sabía que él me miraba. Era como si una ligazón muda, un vínculo invisible y misterioso, nos uniera de algún modo. Al menos, teníamos una cosa en común, dos cosas: la soledad y el fracaso. El viejo checoslovaco; ése era el hombre que yo necesitaba.
Cuando llegué frente a la roñosa vidriera del negocio, lo vi. Ahí estaba, tal como lo había supuesto. Una atmósfera desacos¬tumbrada rodeaba al viejo –también allí se regocija uno de que nazca Dios, de que venga y vea cómo es esto. Una mujer pintarra¬jeada se le acercó y, riendo, le dijo alguna cosa; él no pareció darse cuenta. Sí, ése era mi hombre. Me abrí paso entre las parejas. Enormes marineros de ropas mugrientas abrazaban a mujerzuelas indescriptibles que se les echaban encima y reían. Alguna de ellas dijo: "¿Quién te crees vos que soy?", y, adornado con un insulto brutal, le respondieron quién se creían que era. No podía soportar aquello; por lo menos, no esta noche; pensé que si me quedaba un minuto más iba a vomitar, o a golpear a alguien, o a llorar a gritos, no sé. Llegué hasta el viejo y lo tomé del brazo.
–Te venís conmigo –le dije.
Mi voz debe de haber sido asombrosa; el hombre alzó los ojos, unos ojos celestes, clarísimos, y balbuceó:
–¿Qué dice usted, señor...?
–Que ahora mismo te venís conmigo, a mi casa, a pasar una Nochebuena decente.
–Pero, cómo, yo... con usted.
Casi a rastras lo saqué de allí. Nadie, sin embargo, nos prestó atención.

Faltaba algo más de una hora para la medianoche. El viejo, cohibido al principio, de pronto empezó a hablar. Tenía un acento raro, dulce. Se llamaba Franta, y creo no haberme sorprendido al darme cuenta de que no era un hombre vulgar; hablaba con soltura, casi con corrección. Acaso yo le había preguntado algo, o acaso, rota la frialdad del primer momento (para esa hora ya estábamos bas¬tante borrachos), la confesión surgió por sí misma. El hecho es que habló. Habló de su país, de una pequeña aldea perdida entre coli¬nas grises, de una mujer rubia cuyos ojos –fueron sus palabras– eran transparentes y azules como el cielo del mediodía. Habló de un muchachito, también rubio, también de ojos azules.
–Ahora será un hombre –había dicho–. Hace treinta años, cuando vine a América, él apenas caminaba.
Dijo que ése era su último recuerdo. Bebió un trago de champán y agregó:
–Pensar, señor, que ahora tiene un hijo. Qué cosa. Y yo me los imagino a los dos iguales, qué cosa.
Yo pensé entonces en aquel nieto. Ojos de cielo al me¬diodía, pelo de trigo joven, de qué otro modo podía ser. Sólo que el viejo Franta difícilmente iba a comprobarlo nunca.
–Pero, ¿cómo supiste de ellos?
–El capitán de un barco mercante, señor, me reconoció hace un mes.
Yo pensaba, me acuerdo, cómo era posible reconocer en ese pordiosero que tenía delante, en ese viejo entregado, roto, la ima¬gen que dejó en otro treinta años atrás. Y ahora pienso que siempre queda algo donde hubo un hombre, y quién sabe: a lo mejor, a mí también me va a quedar algo cuando, como el viejo, tenga la mira¬da perdida y le diga "señor" al primer sinvergüenza bien vestido que me hable. Pregunté:
–¿Y no intentaste volver...? ¿No trataste...? Él me miró, perplejo; después, a medida que hablaba, su cara fue endureciéndose.
–Volver. ¿Volver así? Usted lo dice fácil, señor; pero es... Es muy feo. Volver como un mendigo –el tono de su voz empezó a ser rencoroso–, un mendigo borracho que en la puer¬ta de la iglesia pide por un Dios en el que ya no cree... No, se¬ñor. Volver así, no. Ella, Mayenko, se murió hace mucho, y mejor si allá piensan que yo también me morí hace mucho... –Hizo una pausa, ahora hablaba como quien escupe.– Yo me jugué la plata que había juntado para hacerla venir, ¿se da cuenta?, enton¬ces ella se murió. Esperando. No ve que todo es una porquería, señor.
La palabra es una caricatura miserable. Quién puede ex¬plicar con palabras, aunque esté contando su propia vida, todo lo que induce a un hombre a entregarse, a venderse todos los días un poco, hasta llegar a ser como vos, viejo. Cuántas pequeñas canalla¬das, cuántas porquerías imperceptibles forman esa otra gran por¬quería de la que él habló: el alma. Pobre alma de miserables tipos que ya han dejado de ser hombres y son bestias, bestias caídas, arrodilladas de humillación.
–Qué vergüenza, señor.
Eso dijo, qué vergüenza, y después agregó: No poder matarse.

Para el viejo Franta yo era algo así como un millonario, tal vez un poco desequilibrado y algo artista (mis ropas, la manía que tengo de escribir en los tugurios y acaso el candelabro le habían hecho suponer semejante desatino), yo era un loco con plata, en suma, que buscaba literatura en los bajos fondos de Buenos Aires. Entonces empezó a darme vueltas en la cabeza aquella idea que, más tarde, se transformaría en un colosal engaño.
Quiero decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo tramposo, exclusivo, inverificable, que –como el creado por Dios– suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son dos formas del apocalipsis individual: la venganza de la soledad.
Pero éste es otro asunto. Lo que quería decir es que amo la mentira, la adoro, me alimento de ella y ella es, si tengo alguna, mi mayor virtud. Miento, de proponérmelo, con maestría ejemplar, casi genialmente. Y esta noche puse toda mi alma en el engaño. Él me creía rico y caprichoso, pues bien: lo fui. A medida que yo hablaba bebíamos sin interrupción y, a medida que bebíamos, mi palabra se hacía más exacta, más convincente, más brillante. Lo engañé, pobre viejo, lo engañé y lo emborraché como si fuera un chico. De todos modos, no puedo arrepentirme de esto. Conté una historia inaudita, febril, en la que yo era (como él quiso) uno que no entraría aunque un escuadrón de camellos se paseara por el ojo de una aguja. Mi fortuna venía de generaciones. Jamás, ni con el más prolijo y concienzudo derroche, podría desembarazarme de ella; esta forma de vivir que yo llevaba –él lo había adivinado– no era más que una extravagancia, una manera de quitarme el abu¬rrimiento. El viejo, poco a poco, empezó a odiarme. Y yo, mientras improvisaba, iba llenando una y otra vez nuestras copas. Ennoble¬cida por el alcohol, la idea aquella se gestaba cada vez más precisa y fascinante: yo haría feliz a ese pobre diablo. Aunque todavía no sabía cómo.
De pronto, dijo:
–Pero, ¿por qué, señor, por qué...?
No acabó de hablar: no se atrevió. Yo supe que en ese instante me aborrecía con toda su alma. Ah, si él, el mugriento vagabundo, hubiese tenido una parte, al menos una parte de mi supuesta fortuna. Sí, yo sabía que él pensaba esto; yo sabía que ahora sólo pensaba en una aldea lejana, en un chico de mirada trans¬parente y pelo como trigo joven. Sin responder, me puse de pie. Fui a buscar las dos últimas botellas que nos quedaban.
Le estaba dando la espalda ahora, pero podía verlo: incons¬cientemente su mano se había cerrado sobre el mango de un cuchi¬llo que había sobre la mesa, pobre viejo. Ni siquiera pensaba que, de una sola bofetada, yo podía arrojarlo a la calle despatarrado por la escalera. Empezaba, él también, a ser una persona.
Volví a la mesa, sus dedos se apartaron.
–¿Sabes por qué? ¿Querés saber por qué?
Bebimos. Hubo un silencio durante el cual miré recta¬mente a sus ojos; después, bajando la cabeza como aplastado por el peso de lo que iba a decir, agregué con brutalidad:
–¿Sabes lo que es el cáncer, vos?
El viejo me miraba. Apoyé las manos sobre la mesa y, con mi cara a nivel de la suya, dije:
–Por eso. Porque yo también soy un pobre infeliz que no se anima a partirse la cabeza contra una pared.
El viejo, que me había estado mirando todo el tiempo, de golpe comprendió lo que yo quería decir y sus ojos se hicieron enormes. Concluí secamente:
–Por eso.
–Quiere decir...
–Quiere decir que estás hablando con uno que ya se mu¬rió. ¿Entendes? Y entonces ni toda mi plata ni toda la plata de veinte como yo va a poder resucitarme. –Me erguí; hablaba con voz serena y contenida. –Por eso vivo lo poco que me queda como mejor me cuadra. Yo no pertenezco al mundo, viejo. El mundo es de ustedes, los que pueden proyectar cosas, los que tienen derecho a la esperanza o a la mentira. Yo soy menos que un cadáver.
Mis últimas palabras eran tal vez demasiado teatrales, pero Franta no podía advertirlo.
–Cállese, señor... –murmuró.
Y mi idea, súbitamente, se dio forma a sí misma. Como un milagro.
–Un cadáver –dije con voz ronca– que ahora, por una casualidad en la que se adivina la mano de Dios, acaba de encontrar un motivo para justificarse.
De pronto, en el puerto, la noche estalló como una fiesta. En todos los muelles las sirenas empezaron a entonar su histérico salmodio y el cielo reventó de petardos. Brindamos con los ojos húmedos. Fuegos multicolores se abrían hacia el río, desparraman¬do sobre el mundo extravagantes flores de artificio. Fue como si una enloquecida sinfonía universal acompañara mis últimas palabras absurdas y solemnes.
–Por Dios, Franta –dije y creo que gritaba–; por ese Dios en el que vos no crees y que acaba de nacer para todos los hom¬bres, yo te juro que toda mi fortuna servirá para que vuelvas a tu tierra. Es mi reconciliación con el mundo. Vas a volver, viejo, y vas a volver como un hombre.
La Nochebuena se ardía. Pitos, sirenas y campanas se mez¬claban con los perfumes nocturnos y entraban en tumulto por la ventana abierta. A nadie le importaba, es cierto, el judío recién nacido que pataleaba en el pesebre, pero todos querían gozar del minuto de felicidad que les ofrecía, él también, con su prodigiosa mentira. En la tierra, bajo la Estrella, los hombres de buena volun¬tad se emborrachaban como cerdos y daban alaridos.
Franta me miró un instante. Sus ojos brillaban desde lo más profundo, con un brillo que ya no olvidaré nunca: me creía. Me creía ciegamente. En un arrebato de gratitud incontenible me besó las manos y balbuceó llorando:
–No te olvidaré mientras viva.
Me había tuteado. Era un hombre: yo había cumplido mi obra.
Su cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. Estaba borracho de alcohol y de sueños. En esa misma posición se quedó dormido. Soñaba que volvía a la pequeña aldea de colinas grises y acariciaba unos cabellos rubios y miraba unos ojos tan claros como el cielo del mediodía.
Con todo cuidado, retiré mis manos de entre las suyas y me levanté, tambaleante. Tu cabeza era suave y blanca, viejo; yo la había acariciado.
Después levanté el pesado candelabro de plata. Amorosa¬mente, con una ternura infinita, poniendo toda mi alma en aquel gesto, y sin meditar más la idea que desde hacía un segundo me obsesionaba, dije: Feliz Nochebuena, Franta. Y le aplasté el cráneo.



Abelardo Castillo


Menos mal

Tres de la tarde, subte D. Hay bastante gente, pero uno que está acostumbrado a cosas peores, sabe que se viaja bien. Dos o tres paradas antes que la mía, suben dos chicas. Se acomodan como pueden, cerquita de la puerta. Hablan en inglés. Una, con un acento claramente argentino, spanglish del mejor. La otra, que hablaba bastante menos, tenía un acento más creíble, como si pudiera ser alguien que, siendo nativa de otro país, usara el inglés como medio para comunicarse en su travesía como turista. Y así van, hablando en inglés. Yo no prestaba demasiada atención, hasta que se acercan a la estación en la que tienen que bajar.

Todavía dentro del túnel, y entre el ruido, la supuesta turista le pregunta a la otra:

“This way, or the other?”

A lo que la otra repsonde con cara de “no tengo ni idea”.
Y yo que sabía, y no tenía nada mejor que hacer, la miro, y le digo (con un leve movimiento de cabeza)

“Here.”

A lo que la chica, con toda naturalidad, repsonde

“Gracias!”, y le dice a la otra por lo bajo “Menos mal..!”

Educandos

Un aula de secundaria, primer año. Diecinueve alumnos en pupitres de a dos. Dos varones, sentados en puntas opuestas del fondo; el resto, nenas. El profesor, apoyado sobre uno de los bancos vaciós de la derecha, intenta explicar la diferencia entre "famoso" y "popular". (Los diálogos marcados con * son originalmente producidos en castellano, los demás son, de ser posible, representados en inglés). Por la izquierda, a espaldas del profesor, entra el rayo del sol. El pizarrón, inexistente, ocuparía el lugar del telón.


PROFESOR: Digamos que la diferencia sería que algo es "famoso" cuando mucha gente lo conoce, y "popular" cuando a mucha gente le gusta.

ALUMNA I: Y pero si es conocido es porque a la gente le gusta!

PROFESOR: Bueno, a veces, pero...

ALUMNA II: Porque si es popular, es famoso...

PROFESOR: Bueno, en general sí, pero puede ser que en un grupo...

ALUMNA III: No entiendo...

PROFESOR: Quiero decir que no son lo mismo, aunque a veces son parecidos, porque...

ALUMNA II: Patito Feo es popular, y es re-famoso!

Los alumnos empiezan a debatir entre ellos por lo bajo. El profesor empieza a impacientarse.

PROFESOR: Sí, claro, pero también podría pasar que fuera famoso pero no popular. Popular viene de pueblo, entonces quiere decir que...

ALUMNA IV: Tinelli por ejemplo es famoso, y popular, aunque a mí no me gusta...

El debate empieza a cobrar cierto volumen. El profesor se impacienta un poco más.

PROFESOR: Chicos, chicos, esperen, vamos a ver... ¿Pueden pensar un ejemplo de alguien que mucha gente conozco, pero que no a mucha gente le guste?

Se hace cierto silencio, hay murmullos, los alumnos piensan. El profesor piensa, y no parece encontrar el ejemplo.

PROFESOR: Supongamos, por ejemplo: Hitler es muy famoso, pero para nada popular. (A la vez que habla comienza a darse cuenta de lo poco acertado de su elección).

Se escucha un suspiro ahogado, y se hace un segundo de silencio que evidencia que los alumnos han entendido.

ALUMNA V:* ¿Quién es Hitler? (En seguida, rompiendo el silencio con una voz tímida)

Un suspiro generalizado, y una queja contenida. La clase da muestras de incredulidad. Varios alumnos a la vez intentan empezar una explicación.

ALUMNO I: Nooo!!

PROFESOR: No, chicos, chicos.... Chicos...

ALUMNO I:* No lo puedo creer!!

PROFESOR: Chicos, no: nadie le explica nada (amigable pero firme, cerrando el debate). Maggie: es importante, seguro que sabés pero no te acordás. Después cuando vas a casa, te fijás en un diccionario, o en internet, o le preguntás a mamá o a papá, ¿sabés?

ALUMNA V: Sí... (asiente tímida)

ALUMNO I: (al profesor) Martín, yo le explico!!

PROFESOR: No, Nacho, nadie le explica: Maggie va a casa y se fija. Chicos, ¿seguimos con el otro ejercicio? Vamos, tres minutos y corregimos, vamos!!

Los alumnos empiezan a trabajar, el profesor empieza a caminar alrededor de los bancos. Ayuda a algunos alumnos al azar, mientras el grupo trabaja. A medida que camina, se acerca a ALUMNO I. De repente, por sobre el murmullo que oporunamente decrece, sobresale la voz de ALUMNO I.

ALUMNO I:* ...Segunda Guerra Mundial, que hacía...

PROFESOR: Nacho! No te acabo de decir que la cortes?!

ALUMNO I:* No, no, Martín, pero no puede ser!! (indignado mientras sonríe) Le tengo que explicar, no puede ser!!

PROFESOR:* (desafiante) ¿Qué cosa "no puede ser"?

ALUMNO I:* Maggie pensaba que Hitler era un chocolate!!

Por un segundo, la escena se friza. El profesor intenta mantener la cordura, pero pronto la pierde y comienza a reírse solapadamente, aún agachado junto al pupitre de Alumno I

PROFESOR: ¿Un chocolate? (Pregunta incrédulo. El grupo de a poco se va sumando a las risas).



Fade.

Telón.

Me llamó la atención

Eran dos muchachos. Interrumpieron la clase para preguntar si podían pasar a mostrar algo. El profesor accedió, y entraron.

Contaron que tenían una revista de esas que parecen diarios que editaban en la facultad de norecuerdoqué, y que esto y aquello. Y a la vez que uno relataba, el otro repartía ejemplares a los once o doce que habíamos en el aula.

El relato continuaba, y yo mientras tanto hojeaba la publicación. Me llamó la atención, porque los demás la tenían delante suyo y no la miraban. Finalmente decidí que no me interesaba.

Llegó el momento decisivo: comprar o devolver. Me llamó la atención, porque todos compraron, menos yo.