Erdosain, el imbécil

—Vean... mi vida ha sido horriblemente ofendida... horriblemente magullada.
Calló, deteniéndose en un ángulo de la pieza. En su rostro se mantenía la sonrisa extraña del hombre que está viviendo un sueño peligroso. Elsa, repentinamente irritada, mordía la punta de su pañuelo. El capitán, de pie, junto a la valija, aguardaba.
De pronto Erdosain sacó el revolver del bolsillo y lo arrojó a un rincón. La “Browning” desconchó el revoque del muro, golpeando pesadamente en el suelo.
—¡Para lo que sirve este trasto!— murmuró. Luego, con una mano en el bolsillo del saco y la sien apoyada en el muro, habló despacio-: Sí, mi vida ha sido horriblemente ofendida... humillada. Créalo, capitán. No se impaciente. Le voy a contar algo. Quien comenzó este feroz trabajo de humillación fue mi padre. Cuando yo tenía diez años y había cometido alguna falta, me decía: “Mañana te pegaré”. Siempre era así, mañana...¿Se da cuenta?, mañana...Y esa dormía, pero dormía mal, con un sueño de perro, despertándome a media noche para mirar asustado los vidrios de la ventana y ver si ya era de día, mas cuando la luna cortaba el barrote del ventanillo, cerraba los ojos, diciéndome: falta mucho tiempo. Más tarde me despertaba otra vez, al sentir el canto de los gallos. La luna ya no estaba allí, pero una claridad azulada entraba por los cristales, entonces yo me tapaba la cabeza con las sábanas para no mirarla, aunque sabía que estaba allí... aunque sabía que no había fuerza humana que pudiera echarla a esa claridad. Y cuando al fin me había dormido por mucho tiempo, una mano me sacudía la cabeza, en la almohada. Era él que me decía con vos áspera: “Vamos... es hora”. Y mientras yo me vestía lentamente, sentía que ese hombre en el patio movía la silla. “Vamos” me gritaba otra vez, y yo, hipnotizado, iba en línea recta hacia él: quería hablar, pero eso era imposible ante su espantosa mirada. Caía su mano sobre mi hombro, obligándome a arrodillarme, yo apoyaba el pecho en el asiento de la silla, tomaba mi cabeza entre sus rodillas, y, de pronto, crueles latigazos me cruzaban las nalgas. Cuando me soltaba, corría llorando a mi cuarto. Una vergüenza enorme me hundía el alma en las tinieblas. Porque las tinieblas existen aunque usted no lo crea.
Elsa miraba sobresaltada a su esposo. El capitán, de pie, cruzados los brazos, escuchaba aburrido. Erdosain sonreía con vaguedad. Continuó:
—Yo sabía que a la mayoría de los chicos no les pegaban, y en la escuela, cuando les oía hablar de sus casas, me paralizaba una angustia tan atroz, que si estábamos en clase, y el maestro me llamaba, yo lo miraba atontado, sin darme cuenta del sentido de sus preguntas, hasta que un día me gritó: “¿Pero usted, Erdosain, es un imbécil que no me oye?”. Toda la clase se echó a reír, y desde ese día me llamaron Erdosain “el imbécil”. Y yo, más triste, sintiéndome más ofendido que nunca, callaba por temor a los latigazos de mi padre, sonriendo a los que me insultaban... pero tímidamente. ¿Se da cuenta, capitán? Lo insultan a usted... y usted todavía sonríe tímidamente, como si le hicieran un favor al injuriarlo.
El intruso frunció el ceño.
—Más tarde –permítame capitán- más tarde me llamaron muchas veces el “imbécil”. Entonces súbitamente el alma se me encogía a través de los nervios, y esa sensación de que el alma se escondía avergonzada dentro de mi misma carne, me aniquilaba todo coraje, sintiendo que me hundía cada vez más y mirando a los ojos al que me injuriaba, en vez de tumbarlo de una cachetada, me decía ¿Se dará cuenta este hombre hasta que punto me humilla?. Luego me iba; comprendía que los otros no hacían más que terminar lo que había comenzado mi padre.
—Y ahora –repuso el capitán- ¿yo también lo hundo?
—No, hombre, usted no. Naturalmente, he sufrido tanto, que ahora el corajeestá en mí encogido, escondido. Yo soy mi espectador y me pregunto ¿Cuándo saltará mi coraje? Y ése es el acontecimiento que espero. Algún día algo monstruosamente estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre. Entonces, si usted vive, iré a buscarle y le escupiré en la cara.

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